Comandado por hábiles
generales, el ejército revolucionario logró rechazar al enemigo: el 20 de
setiembre de 1792, derrotó a los prusianos en Valmy, obligándolos a abandonar
Francia, y el 6 de noviembre traspuso la frontera e invadió Bélgica.
El mismo día en que llegó a
París la noticia de la gran victoria, de Valmy, el gobierno revolucionario
proclamó la República.
Un mes más
tarde, Luis XVI fue condenado a muerte como “reo de conspiración contra la
libertad de la nación y de atentado contra la seguridad del Estado”. El 21 de
enero de 1793, murió guillotinado en París, en la Plaza de la Revolución
(actual Plaza de la Concordia).
La muerte
del rey produjo la reacción inmediata de los más poderosos monarcas europeos.
España, Holanda, Portugal, Rusia e Inglaterra se unieron a Austria y Prusia en
su guerra contra Francia.
La situación
se tornó de pronto muy grave. Mientras Francia se hallaba amenazada por el
avance de tropas enemigas, una parte del pueblo comenzó a dar señales de
hostilidad hacia los revolucionarios, acusándolos de haber provocado el ataque
de las naciones europeas al dar muerte al rey. En Lyon, en el mismo París y
especialmente en la Vandée, el pueblo se sublevó.
Los
revolucionarios más decididos resolvieron proceder con rigor extremo:
instituyeron el “Comité de Salud Pública”, bajo las órdenes de Maximiliano Robespierre,
con la misión de condenar a muerte a todos los sospechosos de no adherirse a
los principios de la Revolución.

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